25/8/09

La Herencia 5.1.

Capítulo 5

El avión para La Paz debía salir de Santiago a las 8.15 y la compañía chilena LASCO había citado a sus pasajeros a las 6.15 en el aeropuerto. Trompel encontró esta anticipación exagerada y la atribuyó a la tradicional falta de puntualidad de los chilenos. Pidió por lo tanto un taxi para las 6.15 y llegó media hora más tarde à Pudahuel, cuando el alba empezaba a teñir de rojo las cumbres de los Andes. Después de hacer fila durante unos quince minutos en el mostrador de la línea aérea quiso pasar el control de migración sin esperar la llamada por los parlantes. Pero descubrió entonces que la cola para pasar este control atravesaba toda la terminal aérea. Cuatro aviones debían salir antes de las ocho y había solo dos policías para verificar los pasaportes. Un cuarto de hora más tarde, la fila empezó a avanzar más rapidamente: habían llegado seis otros aduaneros. Pero los retrasos ya se habían acumulado, la salida atrasada de un avión bloqueando la del siguiente. Partieron una hora después de lo previsto. Era mediodía cuando hicieron escala en Arica, la ciudad más norteña de Chile, cerca de la frontera peruana. Después de media hora en tierra y otra media hora de vuelo, el capitán anunció por fin que estaban por aterrizar en La Paz. Instalado en una ventanilla, el detective pudo contemplar el lago Titicaca, muchas veces señalado como el más alto del mundo -pero le ganaba el lago Chungará, en Chile-. Entre algunas nubes dispersas, se veían las islas artificiales hechas de gran cantidad de juncos que flotaban en las aguas azules. A pesar de que el avión descendía, Trompel no pudo ver si estas islas eran habitadas, aunque le habían dicho que algunas sí lo eran. Minutos más tarde,
por fin aterrizaban en El Alto, la terminal aérea construida en la planicie que domina la capital boliviana.

Al pasar el control de extranjería, le pidieron su certificado de vacunación. No tenía ninguno y explicó que nadie le había avisado de ello: hacía veinte años que no se pedía para América del Sur. Entonces le hacieron pasar a una pequeña oficina lateral. Al parecer, nadie más había sido interpelado por falta de vacunación. ¿Todo el mundo la tendría? ¿O se trataba más bien de que parecía ser el único "gringo" en ese vuelo? ¿Lo pondrían en cuarenta o lo devolverían a Chile?

Ante su pedido de explicación, le dijeron que en la selva del Oriente, había riesgos de fiebre amarilla y de malaria y le preguntaron si iba a ir allá. Contestó que no, que pensaba quedarse en La Paz. Entonces le pidieron diez dólares y le dieron un certificado de vacunación contra la fiebre amarilla. Pero no lo inyectaron ni le exigieron cuarentena. Entendió entonces perfectamente: todo se arreglaba con una coima.

Para recuperar su maleta debió ir a una bodega ya que las cintas transportadoras ya habían dejado de funcionar. Y buscarla entre una cantidad de otras maletas, quizás perdidas o destinadas a ser embarcadas en otros vuelos. Finalmente la encontró y se encaminó a la salida donde se vió obligado a tomar un taxi. Como se había demorado en la "oficina de vacunación", los buses que iban a La Paz habían desaparecido. 

El taxista le explicó que deberían tomar una ruta inhabitual, para evitar el pueblo de El Alto que acababa de ser ocupado por la narcoguerrilla del Sendero del Sol. Habían volado parte de la comisaría con un cohete loew, se habían tomado la alcaldía y habían linchado al alcalde. Quién mandaba ahora en la pequeña ciudad era el comandante Tupac Inti. 

Después de más de media-hora por caminos de ripio llegaron por fin a la ruta asfaltada que bajaba hacia el estrecho valle en que está contruída la capital administrativa del país.

El taxi dejó a Trompel en el hotel Internacional, en la central avenida 16 de Julio o Paseo El Prado. Ahí había reservado una habitacion a través de un sistema de reserva en Internet. Pero no encontraron su reservación y le dijeron que el hotel estaba completo. Aunque pasó otro billete de diez dólares al recepcionista, éste no descubrió ninguna habitación libre pero le recomendó el hotel Ballivian, en la calle del mismo nombre. Aunque no quedaba muy lejos, tuvo que tomar otro taxi porque, para un extranjero, a más de cuatro mil metros de altura, era imposible subir cuestas cargando una maleta, lo cual era indispensable para llegar a esa calle. En La Paz, con excepción de la avenida principal, en el fondo del valle, todas las calles suben y bajan abruptamente. Y sólo pudo tomar un taxi cuando llegó otro pasajero al Internacional, por cuanto los taxis ordinarios son todos colectivos y evitan los pasajeros que van en direcciones transversales, más aún si tienen maletas.

Cuando llegó al otro hotel, le dijeron nuevamente que estaba completo, pero los diez dólares fueron suficientes para que se le entregara la llave de una habitación. Por el cansancio debido a la altura y a las peripecias de su llegada, no tuvo ánimo para hacer otra cosa esa tarde. Comió un sandwich en el bar del hotel y se acostó temprano.

Una explosión seguida de un corto ruido de cascada lo despertó sobresaltado. Se aprestaba a esconderse debajo de la cama para protegerse cuando, más despierto, se dió cuenta de que un vecino poco consciente de las conveniencias acababa de utilizar el sanitario colindante. Una mirada al reloj le reveló que eran a penas la una y media de la madrugada y que no había dormido unas cuatro horas. Maldiciendo el ruido intruso, trató de volver a dormir pero parecía que la parte analítica de su cerebro había decidido otra cosa y prefería pasar revista a los últimos acontecimientos de Santiago.

Lo que le había dicho el padre Bochout a la pasada sobre el tráfico de drogas en su parroquia le había llamado la atención y, antes de salir de Santiago, había comprado una revista que contenía un extenso reportaje sobre el tema. Encendió la luz, buscó la revista y se puso a leer. El artículo se basaba en un informe de Naciones Unidas [real, divulgado en junio 2008], que partía con Argentina, donde se había registrado la mayor tasa de consumo de cocaína de América del Sur y la segunda del continente, sólo superada por EE.UU. Pero no era productora. La droga venía directamente de Bolivia o de Chile.

Chile había sido tomado como pasadizo, especialmente para enviar droga desde Perú y Bolivia a Europa. Trompel ya sabía lo que pasaba en barrios como La Legua. Pero leyó además que, en las poblaciones (barrios) del sur de Santiago, los narcos recurrían a antiguos miembros de los grupos subversivos de extrema izquierda. Muchos de éstos se pusieron a la venta en la segunda mitad de los 90, cuando los asaltos a bancos y a transportes de valores se fueron haciendo más riesgosos. "Gente que luego de luchar contra la dictadura de Pinochet quedó a su suerte tras el retorno de la democracia." A través de ellos los traficantes tuvieron acceso a mejores armas, aprendieron a eludir seguimientos policiales y a minimizar intercepciones telefónicas. Así, a cambio de una paga o participación en las ganancias, pudieron hacer crecer su negocio, sin temor a las "quitadas" o secuestros expres de otras bandas. [El Mercurio – Revista El Sábado, 7-02-2009]

En el Perú, igual que en Colombia, los narcos se habían unido a la guerrilla, en este caso el Sendero Luminoso. Pero ambos habían sido derrotados en tiempos del presidente Fujimori y, en la actualidad, se oía hablar muy poco del tráfico en ese país. Era indudable, sin embargo, que servía aún -al menos- de corredor para encaminar droga desde Colombia hasta Chile ya que eran numerosos los decomisos realizados por la policía chilena en el extremo norte y en el aeropuerto de Pudahuel (Santiago) cuya procedencia era el Perú.

Aunque mucho menos importante que Colombia, Bolivia es un productor natural de cocaína -de hecho el tercio de la producción mundial- por cuanto las plantaciones de coca son legales ahí, por formar parte de la cultura ancestral de las antiguas poblaciones quechua. Su destino parecía de este modo inevitable: seguir el camino de muchas naciones latinoamericanas y convivir con el narcotráfico, con su dinero y con las muertes que producen esas fortunas. "Ningún país alberga al narcotráfico sin comprometer, más pronto que tarde, a su propio Estado en esos intereses. Y ningún Estado se limpia fácilmente del narcotráfico una vez que éste lo perforó, porque no hay dinero lícito capaz de alcanzar la grandiosa generosidad del dinero fácil e ilegal." [El Mercurio, 21.08.2008]

Si bien la crónica periodística hablaba frecuentemente de los crímenes de los carteles colombianos y mexicanos, Bolivia no estaba exenta del flagelo, aunque aún -al parecer- menos sangriento. Sin embargo, en lo que iba del año había habido una veintena de asesinatos en la capital boliviana y sus alrededores, todos relacionados con el narcotráfico, según confirmaban las investigaciones policiales. Los más recientes fueron los de dos ciudadanos colombianos asesinados en un popular centro comercial y tres empresarios argentinos acribillados y arrojados en un descampado. Uno de estos últimos había hecho un considerable aporte a la campaña electoral del presidente el año anterior, y era proveedor de fármacos a los servicios sociales del Estado.

Otro artículo era una transcripción del Wall Street Journal sobre lo que ocurría en México. Pero ya no le interesaba tanto lo que ocurría en la frontera con Estados Unidos. Le interesaba el tráfico entre Bolivia y Chile. Con los comentarios del padre Bochout, algunos circuitos de su cerebro se habían puesto en marcha y su intuición le decía que podría haber una relación con lo ocurrido al padre Lefranc. El comisario Figueroa le había dicho que los secuestros eran cosa muy poco frecuente en Chile. Pero lo eran en Colombia y en México, donde imperaba el narcotráfico. ¿Habría tenido el padre Guido algo que ver con ello?
Finalmente el sueño lo venció. Apagó la luz y se quedó dormido.

18/8/09

La Herencia 4.2.

El viaje de París a Santiago fue un verdadero suplicio. El avión estaba completo y no había, por lo tanto, ninguna posibilidad de ocupar un segundo asiento. Además, muchos pasajeros había transgredido el límite autorizado de equipaje de cabina y muchos bultos sobresalían de los espacios bajo los asientos. Estirar las piernas era así una misión imposible. El respaldo del sillón 'reclinable' rehusaba retroceder más de quince grados. El vecino, por su parte, parecía querer pasar la noche leyendo y no apagaba su lámpara de lectura. Trompel decidó entonces sacar su gorra de su bolsa de viaje y se la plantó sobre los ojos. Se dió vuelta de un lado, luego del otro. Dobló las piernas para acurrucarse, luego se estiró de nuevo. Así, pasó cada media-hora cambiando de posición y la noche llegó finalmente a su término.

Al llegar a las ocho de la mañana local al aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez de Santiago, se hizo llevar al hotel San Cristobal, que el comisario Servais le había sugerido porque su ayudante se había alojado ahí en una investigación que lo había obligado a llevar un preso a Santiago.

Desde el hotel, llamó inmediatamente al padre Bochout, explicándole su misión. El sacerdote le confirmó que Antoine Lefranc le había avisado de su llegada, pidiéndole su cooperación y le invitó a ir a almorzar a su parroquia, para conversar detenidamente. Le indicó entonces que tomara un taxi y que se hiciera llevar hasta Santa Rosa con Comandante Riesle, un cruce que quedaba a unas cinco cuadras de la parroquia.

- Yo le esperaré en la esquina a la una y media -le dijo-. Nadie le traería hasta la parroquia misma porque se encuentra en la población La Legua, uno de los barrios de peor fama de Santiago y ningún taxista se atravería a entrar ahí. Tampoco conviene que se desplace solo, porque lo asaltarían. Conmigo, al contrario, no habrá ningún peligro.

A la hora convenida, Trompel se bajaba del taxi a la entrada de la población La Legua y el padre Bochout se apresuraba a saludarlo para llevarlo hasta la parroquia. Le explicó que el nombre del barrio se debía a su distancia desde el centro de la ciudad: a una legua (4,8 kilómetros) al sur de la Plaza de Armas de Santiago. En el camino pudo observar calles angostas con pequeños montículos y muy pequeñas casas de colores que parecían hechas de placas de concreto prefabricadas. Y grupos de jóvenes reunidos en las esquinas que lo miraban con curiosidad y cara de pocos amigos. El sacerdote le explicó que éste era uno de los lugares más peligrosos del país por la cantidad de droga y armas que circulaban entre sus habitantes, sobre todo entre menores de edad. La Policía de Investigaciones había logrado desarticular importantes bandas rivales pero en el último año se habían consolidado nuevos grupos criminales, compuestos por adolescentes de entre 13 y 17 años, quienes eran familiares de los narcotraficantes detenidos. Según la policía, estos jóvenes manejan pequeños arsenales de pistolas 9 milímetros y armas hechizas, las que ocultan en casas de vecinos, quienes reciben dinero por la ayuda. Aunque la policía realiza 10 allanamientos mensuales, los cuales arrojan cerca de 50 detenidos, el problema no disminuye. Los detenidos vuelven apenas terminada su condena o bien a los pocos días porque la cantidad de droga que se les incauta es mínima y los portadores son menores de edad. [El Mercurio, 22-02-2009]

Llegados a la parroquia, abordaron el tema del secuestro del padre Lefranc. El padre Bochout expresó su preocupación pero no le encontraba explicación. Trompel le preguntó por el juicio que había precipitado la partida de su colega, pero el sacerdote le contó lo mismo que ya le había dicho Antoine Lefranc, sin poder darle más detalles.

Junto a ellos almorzó un joven que el padre Bochout presentó como dirigente de la juventud parroquial. Éste contó que se había hecho amigo del padre Guido -como lo llamaban todos en Santiago- y que éste le había comentado su especial interés por la arqueología. Incluso habían ido juntos a San Pedro de Atacama, a visitar el museo del padre Le Paige, un sacerdote jesuita belga que había sido el primero en excavar en el desierto de Atacama y encontrar ahí los restos de una antigua cultura.

El padre Lefranc le había comentado, poco antes de su partida, que en el viaje de regreso hacia Bélgica planeaba visitar Tiahuanaco, en Bolivia, y el Cuzco y Machu Picchu en Perú. Así que debió tomar un vuelo hacia La Paz, que era de dónde se llegaba a Tiahuanaco. De ahí se podía cruzar el lago Titicaca y seguir hacia el Cuzco y luego Lima, que era quizás el trayecto proyectado. Trompel preguntó cómo podría verificarlo y el padre Bochout le dijo que podía consultar la agencia de viaje que tenía una oficina en el primer piso del arzobispado, en la calle Erasmo Escala, que era donde todos los sacerdotes compraban sus pasajes aéreos.

Cuando estaban terminando el almuerzo oyeron disparos y el tableteo de armas automáticas. Un joven, el hijo de la cocinera, entró corriendo en el comedor.

- ¡Los tiras (detectivas) están atacando Emergencia! Llegaron hasta con carros blindados.
- Cruzamos el sector de Emergencia cuando lo traje aquí -explicó el párroco a Trompel-. Es el sector más pobre y donde se concentran los traficantes. La policía cierra y revisa regularmente el sector para arrestar a los delincuentes e incautar las armas que ocultan ahí. Pero la batalla es cada vez más violenta. Por ello, desde algún tiempo, la policía sólo puede entrar ahí con carros blindados. Será mejor que se vaya por otro lado: sería imposible volver ahora por donde ha venido.

En consecuencia, el párroco llevó al investigador del lado opuesto del barrio y lo dejó cerca de la fábrica de textiles Sumar, de dónde salían minibuses hacia el centro de Santiago. Le dijo que llegaría a la Alameda, que reconocería fácilmente. Bajándose del bus algunas cuadras después del palacio de la Moneda estaría cerca de las oficinas del Arzobispado.

Después de media hora de trayecto, Trompel entró en la agencia de viaje. Primero no quisieron informarle acerca del viaje del padre Lefranc pero explicó entonces la razón de su investigación y dejó en claro de que, si no le contestaban, la policía seguramente llegaría a hacer la misma pregunta, ya que él se entrevistaría al día siguiente con un inspector de la Policía de Investigaciones. Le revelaron entonces que el trayecto contratado era Santiago, La Paz, Sao Paulo, Madrid, Bruselas.

El comisario Servais había dado a Trompel el nombre y el teléfono del comisario Figueroa, de la PDI de Santiago, con quién había estado en relación por el caso Artecal. De vuelta a su hotel hacia las cuatro, Trompel llamó a ese número de teléfono. El comisario chileno lo citó para el día siguiente a las nueve de la mañana.

Así, poco antes de las nueve, después de tomar desayuno en el hotel, tomó un taxi que bajó siguiendo el río Mapocho hasta cruzar un puente frente a la antigua Estación Mapocho, de dónde partía antiguamente el tren a Argentina pero que había sido transformada en centro cultural, según le contó el conductor. Apenas terminó la explicación, paraba ante el gran edificio del cuartel central de la Policía de Investigaciones, en la calle General Mackenna.

Cuando Trompel se encontró con el comisario Figueroa, éste le señaló que no tenía relación alguna con el tipo de hecho que el belga le relataba: él se dedicaba al control del patrimonio histórico, persiguiendo a los ladrones de obras de arte, falsificadores y traficantes. Pero ésto, de todos modos, le permitía averiguar si una persona había abandonado el país y cuando. Así que llamó a la oficina de migraciones y se confirmó que Guy Lefranc había efectivamente dejado el país en la fecha señalada por Trompel, con destino a La Paz. Recomendó entonces a Trompel, si viajaba a esta ciudad, contactar ahí al inspector Julio Cardoso del Departamento Quinto, la fiscalía interna de la policía nacional, antes de tomar contacto con cualquier otro policía porque, debido sobretodo al narcotráfico, había muchos policías corruptos, en los cuales no se podía confiar. Menos aún, por lo tanto, en un caso como éste.